Abstract

Hace 272 años, en 1741, George Frederic Haendel (Figura 1) se encontraba exhausto. Repetidos ataques de gota y varios ictus, de los cuales se había recuperado casi milagrosamente, habían mermado, sin embargo, su ánimo y su salud. Una sensación de lasitud, de agotamiento, de que la inspiración se volvía irremediablemente esquiva, le atenazaba.

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